El Lobo.Guy de Maupassant (1850-1893)Vean lo que nos narró el viejo marqués de Arville, a los postres de la comida con que inaugurábamos aquel año la época venatoria en la residencia del barón de Ravels.Habíamos perseguido a un ciervo todo el día. El marqués era el único invitado que no tomó parte alguna en aquella batida, porque no cazaba jamás.Durante la comida casi no se habló más que de matanzas de animales. Hasta las señoras oían con interés las narraciones sangrientas y con frecuencia inverosímiles; los oradores acompañaban con el gesto la relación de los ataques y luchas de hombres y bestias; levantaban los brazos, ahuecaban la voz. Agradaba oír al señor de Arville, cuya poética fraseología resultaba un poco ampulosa, pero de buen efecto. Es indudable que habría referido muchas veces, en otras ocasiones, la misma historia, porque ninguna frase lo hizo dudar, teniéndolas todas ya estudiadas, muy seguro de producir la imagen que le convenía.-Señores: yo no he cazado nunca; mi padre, tampoco; ni mi abuelo ni mi bisabuelo. Este último era hijo de un hombre que había cazado él solo más que todos ustedes juntos. Murió en 1764, y voy a decir de qué manera. Se llamaba Juan, estaba casado y era padre de una criatura, que fue mi bisabuelo; habitaba con su hermano menor, Francisco de Arville, en nuestro castillo de Lorena, entre bosques. Francisco de Arville había quedado soltero; su amor a la caza no le permitía otros amores.Cazaban todo el año sin tregua, sin descanso y sin rendirse a las fatigas. Era su mayor goce; no sabían divertirse de otro modo; no hablaban de otro asunto: sólo vivían para cazar. Los dominaba aquella pasión terrible, inexorable, abrasándolos, poseyéndolos, no dejando espacio en su corazón para nada más. Habían prohibido que por ninguna causa los interrumpieran en sus cacerías. Mi bisabuelo nació mientras perseguía su padre a un zorro y, sin abandonar su pista, Juan de Arville murmuró:-¡Cristo! Bien pudo esperar ese pícaro para nacer a que yo termine.Su hermano Francisco se apasionaba aún más en su afición. Lo primero que hacía en cuanto se levantaba era ver a los perros y los caballos; luego, se entretenía disparando a los pájaros en torno del castillo hasta la hora de salir a caza mayor.En la comarca los llamaban el señor marqués y el señor menor; entonces los aristócratas no establecían en los títulos -como ahora la nobleza improvisada quiere hacerlo- una jerarquía descendiente; porque no es conde un hijo de marqués ni barón un hijo de vizconde, como no es coronel de nacimiento el hijo de un general. Pero la vanidad mezquina de los actuales tiempos lo dispone así. Vuelvo a mis ascendientes.Parece ser que fueron agigantados, velludos, violentos y vigorosos; el joven aún más que su hermano mayor, y tenía una voz tan recia, que, según una opinión popular que le complacía, sus gritos agitaban toda la verdura del bosque. Y, al salir de caza, debieron de ofrecer un espectáculo admirable aquellos dos gigantes, galopando en dos caballos de mucha talla y brío.El invierno de 1764 fue muy crudo y los lobos rabiaron de hambre.Atacaban a los campesinos, rondaban de noche alrededor de las viviendas, aullaban desde la puesta de sol hasta el amanecer y asaltaban los establos. Circuló un rumor terrible. Se Hablaba de un lobo colosal, de pelo gris, casi blanco; que había devorado a dos niños y el brazo de una mujer; había matado a todos los mastines de la comarca y, saltando las tapias, olifateaba sin temor alguno bajo las puertas. Ningún hombre dejó de sentirlo resoplar; su resoplido hacía estremecer la llama de las luces. Invadió la provincia un pánico terrible. Nadie salía de casa de noche ni al anochecer. La oscuridad parecía poblada en todas partes por la sombra de aquella bestia...Los hermanos de Arville, resueltos a perseguir y matar al monstruo, dispusieron grandes cacerías, invitando a los nobles de la región. Todo fue inútil; ni en los bosques ni entre las malezas lo hallaron jamás. Mataban muchos lobos, pero aquél no aparecía. Y cada noche, al terminar la batida, como para vengarse, la bestia feroz causaba estragos mayores, atacando a un caminante o devorando alguna res; pero siempre a distancia del sitio donde lo buscaron aquel día.Entró una de aquellas noches en la pocilga del castillo de Arville y devoró los dos mejores cerdos. Juan y Francisco reventaban de cólera, imaginando en aquel ataque una provocación del monstruo, una injuria directa, un reto. Con sus más resistentes sabuesos, acostumbrados a perseguir temibles bestias, aprestáronse a la caza, rebosando sus corazones odio y furor.Desde el amanecer hasta que descendía el sol arrebolado entre los troncos de los árboles desnudos, batieron inútilmente los matorrales.Regresaban furiosos y descorazonados, llevando al paso las cabalgaduras por un camino abierto entre maleza, sorprendiéndose de que un lobo burlase toda su precaución y poseídos ya de una especie de recelo misterioso. Juan decía:-Esa bestia no es como las demás. Parece que piensa y calcula como un hombre.Y contestaba Francisco:-Acaso conviniera que nuestro primo el obispo bendijese una bala, o que lo hiciese algún sacerdote de la región, rogándole nosotros que pronunciase las palabras oportunas.Callaron y, después de un silencio, advirtió Juan:-Mira el sol, qué rojo. La fiera no dejará de causar algún daño esta noche.Apenas había terminado la frase, cuando su caballo se encabritó; el de Francisco giraba. Un matorral, cubierto de hojas marchitas, crujió, abriendo paso a una bestia enorme y gris que, saliendo rápidamente de su escondrijo, internose al punto en el bosque. Los dos de Arville articularon una especie de rugido que demostraba su fiera satisfacción y encogiéndose, inclinados hacia adelante, pegándose al cuello de sus briosos caballos, impulsándolos con todo su cuerpo, los lanzaron a la carrera, excitándolos, arrastrándolos, enloqueciéndolos de tal modo con las voces, con sus movimientos, con la espuela, que los hercúleos caballeros, como si un ímpetu gigantesco los condujera volando, parecían arrastrar entre las piernas a sus caballos, que iban a escape, tocando en el suelo con el vientre, haciendo crujir los matorrales y salvando las torrenteras, encaramándose por escarpadas pendientes y descendiendo por angostas gargantas. Los caballeros hacían resonar las trompas con toda la fuerza de sus pulmones, llamando a sus criados y a sus perros.De pronto, en aquella furiosa y precipitada persecución, tropezó mi abuelo con la cabeza en una rama que le abrió el cráneo y cayó sin sentido, mientras el caballo continuaba su carrera loca, desapareciendo en la densa oscuridad que iba envolviendo el bosque. Francisco de Arville paró en seco y se apeó, cogiendo en brazos a su hermano; vio que por la herida, entre la sangre, asomaba también el cerebro.Entonces, apoyándolo sobre sus rodillas, contempló el rostro ensangrentado, las facciones rígidas, inertes, del marqués. Poco a poco el miedo lo invadió, un miedo extraño que no había sentido nunca. Temía la oscuridad, la soledad, el silencio del bosque; hasta llegó a temer que apareciera el fantástico lobo, que se vengaba de aquella persecución tenaz de los Arville haciendo morir al mayor de los hermanos.Se espesaban las tinieblas; el frío, agudo, hacía crujir los árboles. Francisco se incorporó, tembloroso, incapaz de permanecer allí más tiempo, sintiéndose casi desfallecer. No se oía nada; ni ladridos de perros ni voces de trompa; todo estaba mudo en el invisible horizonte, y aquel silencio taciturno de una helada noche tenía bastante de horroroso y extraño.Alzó entre sus manos de coloso el cuerpo gigantesco de Juan, atravesándolo sobre la silla para llevarlo al castillo; montó y se puso en marcha, despacio, sintiendo una turbación semejante a la embriaguez, perseguido por espectros indefinibles y espantosos.De pronto, una forma vaga cruzó el sendero que la nocturna oscuridad invadía. Era la bestia. Una sacudida brusca, un verdadero espanto agitó al cazador; algo frío, como una gota de agua, se deslizó sobre sus riñones; y, como un ermitaño que ahuyenta a los demonios, el caballero hizo la señal de la cruz, desconcertado ante aquella temible aparición del espantoso vagabundo. Pero sus ojos refrescaron su memoria, presentándole a su hermano muerto; y, de pronto, pasando en un instante del miedo al odio, rugió furiosamente y espoleando al caballo se lanzó tras el lobo.Lo siguió entre los matorrales y a través de bosques desconocidos. Galopaba con la vista penetrante, clavada en la sombra que huía; tropezaban en los troncos y en las rocas la cabeza y los pies del muerto atravesado en la silla. Le arrancaban el cabello las zarzas y salpicaba con sangre los árboles, golpeándolos con la frente; las espuelas rechinaban y hacían saltar chispas de los pedruscos. De pronto, la bestia y su perseguidor salieron del bosque y se lanzaron a un valle cuando aparecía la luna en lo alto del monte; un valle pedregoso, cerrado por enormes rocas. No hallando fácil salida por aquella parte, la bestia retrocedió.Francisco no pudo contener un alarido estruendoso de alegría, que los ecos repitieron como repiten el rodar de un trueno, y saltó a tierra empuñando el cuchillo de monte. La bestia, con los pelos erizados y arqueado el cuerpo, lo aguardaba. Pero antes de comenzar el combate, cogiendo el cazador el cuerpo de su hermano, lo apoyó entre unas rocas, y sosteniéndole con piedras la cabeza, que parecía una masa de sangre cuajada, le dijo a voces, como si hablara con un sordo:-¡Mira, Juan! ¡Mira eso!Y se arrojó sobre la bestia. Sentíase bastante poderoso para levantar en vilo una montaña, para triturar pedernales entre sus dedos. La bestia quiso hacer presa en él, procurando arrimar su hocico al vientre del cazador; pero éste la tenía sujeta por el cuello y la estrangulaba tranquilamente con la mano, sin acordarse del cuchillo, gozándose al sentir los ahogos de su garganta y las palpitaciones de su corazón. Reía, reía más, cuanto más apretaba; reía gritando: ¡Mira, Juan! ¡Mira eso! Ya no hallaba resistencia: el cuerpo del monstruo cedía con blandura. Estaba muerto.Entonces Francisco lo alzó, y acercándose a su hermano con aquella carga inerte dejó caer un cadáver a los pies de otro cadáver, diciendo, conmovido y cariñoso:-Toma, Juan; tómalo; ahí lo tienes.Después colocó en la silla los dos cuerpos y se puso en marcha.Entró en el castillo riendo y llorando, como Gargantúa cuando el nacimiento de Pantagruel. Pregonaba la muerte de la bestia con exclamaciones de triunfador y gritos de gozo; refería la muerte de su hermano, gimiendo y arrancándose las barbas. Y, pasado el tiempo, cuando hablaba de aquella noche fatal, decía con lágrimas en los ojos:-¡Si al menos hubiese podido ver el pobre Juan cómo estrangulé al otro, es posible que muriera satisfecho! ¡Estoy seguro!La viuda educó a su hijo haciéndolo odiar la caza y ese odio se ha transmitido hasta mí de generación en generación.El marqués de Arville había terminado. Alguien preguntó:-Esa historia es una leyenda, ¿verdad?Y el marqués respondió:-Aseguro que todo es cierto, que todo ha ocurrido.Y una señora dijo con dulzura:-De cualquier modo, agrada oír contar que alguien se apasiona fieramente.
El Laúd y la Lira.The Lute and the Lyre; Algernon Charles Swinburne.Un deseo profundo, que penetra en el corazón y en la raíz del espíritu,Encuentra su voz reluctante en versos que añoran, como brasas ardiendo;Tomando su voz exultante cuando la música persigue en vano unProfundo deseo.Lacerante mientras arde la pasión de la rosa cuyos pétalos respira,Fuerte mientras crece el anhelo de los capullos por las frutas,Suena el secreto tácito agotando su profundo tono.Desciende el arrebato que poseía el suave laúd del amor;Desciende la palpitación del triunfo de la lira:Todavía el alma se siente quemar, una llama desatada aunque silenciosaEn su profundo deseo.
La terrible sombra de algún poder ocultoFlota velada entre nosotros, -pasa porEste mundo con alas inconstantes,Como el viento del estío arrastrándose de flor en flor-Como la luna demorándose en las montañas,Que visita con su mirada impacienteCada rostro y corazón humano;Como los tonos y las melodías del ocaso,Como las amplias nubes bajo las estrellas,Como el recuerdo de una música perdida;Como la nada que por su gracia nos es querida,Y sin embargo, más querida aún por su misterio.Espíritu de Belleza, que consagras con tu sutileza,Brillando sobre el pensamiento y la forma humana¿Hacia dónde te has ido?¿Por qué pasas de largo y nos dejas atrásEn este vasto valle de lágrimas, solos y desolados?Pregunta por qué el sol no teje para siempreAl arcoiris sobre el río joven de la montaña,Por qué la nada debe desvanecerse y caer en lo que una vez fue,Por qué el miedo y el sueño, la muerte y el nacimientoDerraman sobre el día de esta tierra su oscuridad,Por qué el hombre siente con pasión el odio y el amor,La esperanza y la desazón.Ninguna voz de algún mundo sublime, ni sabioNi poeta jamás ha elevado sus respuestas.Por lo tanto, los nombres del Demonio, Fantasmas y CielosPermanecen en el recuerdo de su vano empeño,Frágiles hechizos -cuyo encanto pronunciado no lastima-De todo lo que vemos y oímos,Duda, azar, cambio.Tu luz por sí sola, como la niebla cayendo por la montaña,O la música enviada por el viento nocturnoQue tiembla en las cuerdas de un instrumento inmóvil,O el brillo lunar sobre el estanque en la medianoche,Nos brinda gracia y verdad en este inquieto sueño de vida.Amor, esperanza y autoestima, son como nubesQue se apartan y retornan en un momento incierto.El hombre fue inmortal, y omnipotente,Hasta que tú, desconocida y horrible como eres,Encerraste tu gloriosa marcha dentro de su corazón.Tú, mensajero de simpatías,Que resbalas y disminuyes en los ojos de los amantes,Tú, que del pensamiento humano eres alimento,Como la oscuridad a una llama moribunda,No huyas como tu sombra vino,No huyas, evitando la tumba que será,Como la vida y el horror, una oscura realidad.Si bien de niño he tratado con fantasmas, corriendoA través de muchas y ansiosas cámaras, cuevas, ruinas,Y estrellas de madera, persiguiendo con pasos temerososLa esperanza de un diálogo con los queridos muertos.Invoqué los nombres venenosos de los que nuestra juventud se alimenta;No fui escuchado -Yo no los ví-Cuando sonaba profundo en el espacio vital,En aquel dulce momentodonde el viento confiesa todos los secretos;De repente, tu sombra cayó sobre mí,Me encogí, y froté mis manos en éxtasis.Prometí que dedicaría mis facultadesA tí y sólo a tí -¿No he honrado mi voto?-Con el corazón palpitante y los ojos luctuosos, aún ahoraConvoco a los fantasmas de un millar de horas,Cada uno desde su tumba silenciosa: En soñadas alcobasDe celosos estudios o placenteras ternuras,Han contemplado conmigo la envidiosa noche.Saben que ninguna alegría iluminó mi frente,Desencadenada con la esperanza de que habrás de liberarEste mundo de su oscura esclavitud,Que tú, horrible encantadora,Nos darás todo lo que estas palabras no pueden expresar.El día se hace más solemne y serenoCuando pasa el mediodía -hay una armoníaEn el otoño que resplandece en el cielo,Y que durante el verano no es vista ni oída,Como si no pudiese ser, como si no fuese.-Así pues, deja que tu poder, que desciendeIgual a la naturaleza de mi pasiva juventud,Inunde mi propia vida con su calma;A este que te adora en cada forma que te contiene,Y a quien. Espíritu Justo, tus conjuros obliganA temerse a sí mismo, y a amar a toda la humanidad.
A Tirzah.To Tirzah; William Blake (1757-1827)Todo aquello que nace de mortaldebe consumirse con la tierra,para alzarse libre de la generación.¿Qué tengo que ver yo contigo?Los sexos nacieron de la vergüenza y el orgullo:surgieron con la mañana y en la tarde murieron;pero la Misericordia transformó la muerte en sueño:los sexos se levantaron para trabajar y llorar.Tú, Madre de mi padre mortal,con crueldad forjaste mi corazóny con falsas lágrimas, engañándote,encadenaste mi nariz, mis ojos y mis oídos.Paralizaste mi lengua con la insensible arcillay me entregaste a la mortalidad.La muerte de Jesús me hizo libre.¿Qué tengo que ver yo contigo?
Yo no te amo.I do not love thee; Caroline Norton (1808-1877)¡Yo no te amo! ¡No! ¡No te amo!Sin embargo soy tristeza cuando estás ausente;Y hasta envidio que sobre ti yazga el cielo ardiente;Cuyas tranquilas estrellas pueden alegrarse al verte.¡Yo no te amo! Y no se por qué,Pero todo lo que haces me parece bien,Y a menudo en mi soledad observoQue aquellos a quienes amo no son como tu.¡Yo no te amo! Sin embargo, cuando te vasOdio el sonido (aunque los que hablen me sean queridos)Que quiebra el prolongado eco de tu voz,Flotando en círculos sobre mis oídos.¡Yo no te amo! Sin embargo tu mirada cautivante,Con su profundo, brillante y expresivo azul,Se planta entre la medianoche y yo,Más intensa que cualquiera que haya conocido.¡Yo sé que no te amo! Y que otros rasgaránLa confianza de mi corazón sincero,Apenas percibo sus figuras en el futuro,Pues mis ojos están vueltos hacia atrás
A la partida de Monsieur.On Monsieur's Departure, Elizabeth I de Inglaterra. Sufro sin enseñar mi descontento,Y amo, aunque deba aparentar odio.No me atrevo a expresar mis sentimientos,Parezco muda, aunque por dentro hablo.Soy y no soy, en llamas me congelo,Pues he dejado de ser yo, no soy más mía.Este dolor es como mi sombra,Me sigue al vuelo y vuela si la sigo,Me acompaña y hace lo que hago,Y me aflige su pena, que comparto.No hay manera de alejarla de mi pechoHasta que el fin de las cosas la destierre.Insúflame una pasión más tiernaPues blanda soy, nieve derretida,O sé cruel, amor, y así sé amable:Deja que flote o permite que me hunda.Hazme vivir con un dulce deleite,O déjame morir para que olvide que he amado.
Amor y Locura.Love and Madness, Thomas Campbell.¡Escuchad! ¡Desde las almenas de las lejanas torresLa solemne campana ha golpeado en la medianoche!Arrebatado de las visiones de su inquieto sueño,El pobre Broderick despierta, y se lamenta en soledad.Cesad, Memoria, cesad (sin amigos y apenada llora)De castigar este pecho abrumado con severas pruebas.Oh, nunca cesa mi alma pensativa al extraviarseEn los brillantes campos de la Fortuna, en los días mejores,Cuándo la esperanza era joven, y la música de la menteAlababa todos sus encantos, y Errington era agradable.Sin embargo puedo cesar, mientras temblorosa me agito,De suspirar y murmurar tu nombre melancólico.Oigo tu espíritu en cada gemido de la tormenta.En las sombras nocturnas veo pasar tu figura,Pálida como los condenados en su triste locura.Veo en lo profundo de tu corazón perjuro, el sangriento acero.¡Demonios de la Venganza! Bajo vuestro mandoEmpuñé la espada con algo más que delicadas manos,Decid: ¿es la vacilante voz de la piedad,O es aquel húmedo horror el propósito del alma?¡No! Mi corazón salvaje se sentó triste sobre la llanura,Hasta que el Odio complete lo que el Amor comenzó.Si, dejad que el seno frío que nunca supoDe la ternura súbita y generosa de la naturaleza,Mezclando la piedad con la hiel de la burla,Condene este corazón que sangró con amor abandonado.¡Y vosotros, orgullosos, cuyas almas no agitan la alegría,Salvad con brillante encanto el homenaje del enamorado!Plácidos ídolos de un sendero sangrante,Vuestros cálidos sentimientos pueden ser huéspedes del dolor,Cuando el inocente, fiel corazón, inspire la pruebaDe la amistad refinada, la tranquila delicia del amor;Y sientan que sus tiernas cadenas os desgarran con angustia,Quebrando el perjurio del orgullo en inhumano desprecio.Decid, entonces ¿el piadoso Cielo condena tus lágrimas,Cuando la Venganza te ordena, enamorado, sangrar?Largo tiempo he visto surgir tu oscura aprensión,Con el pecho desgarrado y tus votos despreciados,Triste, lloré con mi amigo, el amante cambiado,Tu mirada era fría, altiva y extraviada,Hasta que el refugio de tu amor me fue arrebatado,Entonces erré sin esperanzas, sin amigos, en soledad.¡Oh, Cielo de los Justos! ¡Fue entonces cuando mi alma torturadaCedió su control y dio lugar a la ira más descontrolada!¡Adiós a la silenciosa mirada, a los ojos extraviados,A las planicies murmurantes, a lo profundo de tu corazón perjuro!El largo sueño despierta los actos de la Venganza;Él grita, él cae, su desgarrado corazón sangra.Ahora, la última sonrisa de la agonía se ha borrado,Pálido y ensangrentado duerme, y no despertará jamás.¡Está Hecho! ¡La llama del odio ya no arderá:La vida regresa, pero es demasiado tarde para comenzar!¿Por qué mi alma siente el vago vuelo de la aflicción?¡Tembloroso y débil, suelto el culpable acero!Frío sobre mi corazón yace la mano del terror,Y sombras de horror se agitan ante mis lánguidos ojos.¡Oh, fue el asesinato la más amarga de las espigas!¿Retornará la justa ira del frío espíritu de Broderick?Siempre un fiel amigo, un amante tierno que ha caído.¿Dónde brilló el Amor no podría habitar la Piedad?¡Juventud desdichada! Mientras su palidez asciendePara observar el profundo y silencioso reposo del crepúsculo,Tu espectro insomne, respirando desde la tumba,Predice mi suerte y me convoca a la oscuridad.Una vez más veo tu lúgubre espíritu de pie,Tus ojos oscuros y tus manos lívidas que me llaman.Pronto, este efímero eco de la llama vitalOlvidará su lánguida melancolía.Pronto, estos ojos húmedos cerrarán sus ventanas.¡Bienvenido el largo reposo de las noches sin sueños!Pronto, este desgastado lamento callará;Porque en el calmo letargo del ocasoHasta el Dolor se olvida de llorar.
El Cuervo y la Hija del Rey.The Raven and the King's Daughter, William Morris.Hija del Rey, sentada en la alta torre,Mientras el verano es el escudo de muchos,¿Porqué te lamentas mientras las nubes pasan?Entre la costa y el campo los altivos cisnes cantan,¿Porqué te lamentas sentada en tu ventana,Hasta que por tus frágiles dedos corran las lágrimas?La Hija del Rey:Lloro porque me siento solaEntre estos muros de cal y piedra.Los hombres se sientan en el salón de mi padre,Pero para mí él construyó esta torre vigilada.Y desde aquí he visto el dorado sobre el verde,Sin noticias sobre mi verdadero amor.El Cuervo:Hija del Rey, sentada sobre el mar,Cantaré una historia que os pueda alegrar.Ayer he visto navegando un barco enorme,Cuando el viento soplaba feliz desde el norte.Sobre aquel labrado mástil me senté,Y mi corazón se estremeció con fe,Pues entre la tabla y el oscuro azul del mar,Su espada cantaba dulce los hechos que serán.La Hija del Rey:¡Océano estéril! ¡Amarga entre todas las avesUn estéril cuento mis oídos han escuchado!El Cuervo:Los hombres de vuestro padre fueron severos,Ataviados con escudos y brillantes yelmos.La Hija del Rey:¡La peor de las historias me narras,Las palabras como saetas me desgarran!Vuela al sur, hacia los campos de la muerte,Y que nada dulce en tu lápida pueda leerse.El Cuervo:Oh, allí estuvo Olaf, el de los lirios rosas,Tan justo como cualquier roble que crece.La Hija del Rey:Oh, tierna ave ¿Qué hizo él entonces,Entre las lanzas de los caballeros de mi padre?El Cuervo:Entre la tabla y el azul oscuro del mar,Él cantó: Mi verdadero amor me espera.La Hija del Rey:Así como esta dura losa conoce mi dolor,Aún no estoy agotada, mi amor.El Cuervo:Él cantó: Así como una vez tuve su mano,Al final sus labios volverán a mis labios.La Hija del Rey:Y así como nuestros dedos se entrelazaron,También volverán a unirse nuestros labios.El Cuervo:Él cantó: Que venga la ruina, el hierro y las llamas¿Pues qué otra cosa romperá la torre sino la fama?La Hija del Rey:Oh, Sol, Ascended y caed con premura,Para que la esperanza triunfe sobre la muerte.El Cuervo:Hija del Rey, sentada en la alta torre,Dádme un regalo por mi cuento y volaré:El oro de tu dedo frágil y pálido deseo,Pues sólo eso tienes de tu viejo anhelo.La Hija del Rey:Junto al anillo de mi padre hay otro,Con un beso me fue dado por mi madre.Vuela, vuela a través de los maresPara ganar otro de mis presentes.Vuela al sur a traerme noticias reales,Mientras en verano sea el escudo de muchos.La hierba crece roja con el rocío de la batalla,Entre la costa y el campo los altivos cisnes cantan.El Cuervo:Hija del Rey, sentada en la alta torre,El verano brilla sobre el escudo de muchos,Las noticias de la marea hablan de muerte,Mientras en la costa y el campo los altivos cisnes cantaban;En la tierra de los Francos él se encontró con sus lanzas,Y la planicie entera con sangre fue sembrada.Alta creció la fría luna cubriendo el sol,Cuando los cuernos sonaron sobre la batalla ganada.La Hija del Rey:¡Caed bajo la justicia, ave! Cantad sólo la verdadDe los hechos que aquel hombre en su día realizó.El Cuervo:Steingrim se plantó ante su bandera,Y los yelmos fueron rotos y las astas cayeron.La Hija del Rey:¿Un hombre temerario, bueno y necesario,Puede cantar las hazañas de otro?El Cuervo:Donde Steingrim pasaba la batalla sonaba,Sin embargo el pie de Olaf era más rápido.La Hija del Rey:¡Ah, con hechos de gloria el mundo ha de crecer!¿Pero a qué tierras lejanas ha llegado mi amor?El Cuervo:Sobre la cubierta junto al mástil,Allí yace ahora, descansado profundo.La Hija del Rey:¿Lo habéis oído antes de que caiga en el justo sueño?¿Pronunció palabras ante sus hombres?El Cuervo:Creo que a su dama dedicó una canción,Pero luego nada más pronunció.Antes de que la batalla los uniera,Steingrim una palabra le dijo:"Si volvemos con las banderas de paz,En la casa del rey mi fama crecerá,Las puertas no estarán cerradas,Y para mí siempre se abrirán.Luego, hacia la íntima alcoba iremos,Donde el amor su dorado manto cose.Te llevaré adentro, y pondré su fina manoSobre el cuello adornado de lirios.Dejaré al rey el radiante satisfacción,Mientras aquella noche sea de ustedes dos".Ahora corre hacia el norte la proa de Steingrim,Y la lluvia y el viento golpean desde el sur.La Hija del Rey:Mirad, ave de la muerte, el anillo de mi madre;El canto nupcial aún debo aprender,Y ya no veo desagradable mi cuarto solitario;Pues el viento, el viendo ha de gemirMientras ordeno el lecho de bodas.El verano brilla en el escudo de muchos,Pues la lluvia, la lluvia roja ha de caer,Mientras en la costa y el campo los altivos cisnes cantan.Antes de que el día surja de la noche,El verano brilló sobre los escudos,Ella escuchó el cuerno de SteingrimMientras los altivos cisnes cantaron.Antes de que el día oscuro concluyeraSe oyeron los pasos de Steingrim en la escalera.La lanza y la flecha cayeron lejos,Mientras los pesados pies subían.¡Oh, pesados son los pies de aquel que portaEl anhelo de los días y el dolor de los años!Reposad, reposad, dulce lirio,Sobre tu cuello descansará la mano.No importa si el rey vibraba en radiante satisfacción,Pues aquella cama fue ocupada por los dos.Inmóvil cuando él permanece inmóvil,El corazón yace junto al corazón.Tal vez mis oyentes quieran hablar,Debatir sobre esta triste historia,Por lo tanto los dejaré piadosamenteBajo el verano sobre los escudos.Los días descansan hoy bajo la piedra,Mientras en la costa y el campo los altivos cisnes cantan
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